martes, 21 de septiembre de 2010

"...unos cuanto galletazos" PJG

Llevé una caja de galletas a la clase. Las llevaba en una bolsa verde. Eran polvorones. Los llevé para venderlos. Primero puse la bolsa junto a la silla. Pasado un rato me atreví a ponerla sobre la mesa. La tomé con cuidado, como un perro que amenazara con tirarme una mordida, porque era una bolsa muy escandalosa. Creo que resaltaba demasiado sobre el blanco de la mesa. El hoyo apuntaba hacia mí como una bazuca, pero no le prestaba atención. Los compañeros de clase apuntaban los bostezos hacia el centro del salón, hacia la profesora. La profesora no es tonta y, a pesar de que todos manteníamos los ojos pegados a los pelos teñidos o al ir y venir de los lentes de las cejas al escritorio, decía: “Raúl estás en clase” o “Jazmín estás en clase”. Creo que nadie más se daba cuenta de la bolsa verde. Cuando la voz de la profesora se ponía densa y mis pestañas no la soportaban más, miraba dentro de la bolsa: las monedas espolvoreadas en un solo lado de la caja transparente. Me acompañaron de costado por todo el camino y por eso ahora estaban todas apachurradas; la caja se abrió y unas borlas de azúcar glas rodaban sobre el interior de la bolsa. Sácalas para que las vean y pregunten, me dijo la voz. Los brazos se estiraron de inmediato, pero apenas las manos tocaron la orilla de la mesa, escurrieron madera abajo hasta llegar a la silla, y quedaron echas una bola de papel junto a las piernas. La clase terminó. Me puse de pie, me colgué la mochila, cogí la bolsa verde y jalé la chamarra que colgaba del respaldo. Fui el primero en cruzar la puerta.